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La postergación

postergaciónEl complejo hormiguero humano en el que vivimos demanda de nosotros respuestas cada vez más rápidas, impone un estado de alerta casi permanente y nos empuja implacable hacia los caminos de la ansiedad.

Ante esta presión constante que, por descontado, incide muy negativamente en nuestra salud tenemos diferentes escudos que utilizamos según las características de la situación y la constitución de nuestro propio carácter.

Una de las defensas que esgrimimos más habitualmente es la postergación.

La postergación, además de una palabra fea es algo que tiene muy mala fama en el hormiguero. El conocido refrán “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” nos alerta a este respecto. Sin embargo yo no lo suscribiría totalmente, puesto que una aplicación estricta de la máxima nos llevaría a la impulsividad y a pretender realizar todos los planes simultaneamente. Por el contrario, en ocasiones es bueno dejar cosas para más tarde. Tomarse un tiempo para meditar la respuesta correcta permite planificar, establecer objetivos y clarificar las ideas.

Por tanto parece necesario diferenciar entre la postergación normal, conducta necesaria para establecer una adecuada planificación o encontrar la oportunidad precisa de actuación, y otra postergación más patológica, en este caso entendida como una conducta defensiva consistente en la evitación sistemática de las tareas que debemos afrontar en nuestro día a día.

Un elemento nuclear de este segundo tipo de postergación es el miedo. Normalmente al fracaso. La presión de unas exigencias desmedidas nos hace posponer la tarea para no enfrentar el miedo que nos produce la posibilidad de fracasar.

Mientras postergamos creemos que nos libramos de la emoción negativa del miedo pero la realidad es que nos sigue dominando a través de la ansiedad que nos provoca el saber que la tarea sigue en el horizonte sin realizarse. Con lo cual, al final  la tranquilidad que creemos alcanzar es solamente ilusoria.

Puede ser que la persona crea que no posee recursos suficientes para hacer frente a la situación aunque en realidad si los posea. También es posible que realmente exista esta falta de recursos, en cuyo caso lo adecuado es identificar qué nos hace falta para llevar a cabo la tarea y entrenarnos en esa habilidad si es posible. Si no es posible, lo adecuado será sencillamente buscar otra vía de actuación alternativa a la que podamos hacer frente con los recursos de los que disponemos. 

El primer paso siempre será tomar consciencia de que estamos postergando, de esa forma podremos desmontar el mecanismo y evitar que se convierta en una defensa estructural que domine la forma en la que afrontamos la vida.

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