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La imaginación prohibida

Imagino, luego existo.

La pérdida de la capacidad de imaginar es uno de los principales sacrificios que ha hecho el ser humano para adquirir la seguridad que le proporciona la presencia de una todopoderosa ciencia. Al que esté interesado en el proceso histórico que nos ha llevado a inmolar la riqueza del mundo imaginario en los altares de la razón le recomiendo el libro “El fuego secreto de los filósofos” de Patrick Harpur.

La imaginación no tiene muy buena prensa en el mundo de la salud mental, se podría decir que existe una soterrada ambivalencia al respecto. De entrada se habla bien de ella, se alaba la capacidad de imaginar como signo de un adecuado desarrollo infantil, pero siempre con el requisito de que no sea demasiada. Existe un alerta permanente en torno a la pérdida del sentido de la realidad propia de la psicosis, parece, en ocasiones, que el mero hecho de imaginar la existencia de otros mundos, de jugar con amigos invisibles o incluso de creer en criaturas sobrenaturales o mágicas sea algo peligroso.

Niños sin imaginaciónRestringimos a los niños la posibilidad de creer en la magia y les arrancamos de su rica realidad infantil poblada de imágenes arquetípicas para entregarlos a la inmediatez de la televisión, a la realidad distorsionada y a menudo sádica de los videojuegos y a la galería infinita de parafilias de Internet.

Los niños, vaciados de su mundo interior, se tornan violentos o inquietos y se resisten al monolítico sistema de enseñanza, que aburre y mata la creatividad con sus interminables peroratas vacías de contenido. Entonces la solución que se nos ocurre es medicarlos; son enfermos y requieren pastillas, presentan alteraciones neurológicas. Sufrimos una epidemia de niños enfermos y no nos paramos a reflexionar que hay en nuestra sociedad, en nuestra forma de educar, de entender y proteger (o desproteger) a la infancia que está provocando esta avalancha de niños desadaptados, dependientes de tratamientos farmacológicos, estigmatizados.

Sin embargo, la magia sigue existiendo aunque la fe en el materialismo se haya convertido en dogma, hay nostalgia de la magia en el éxito de Harry Potter, los niños y también los adultos quieren ser magos, quieren creer en las hadas, volar con Peter Pan, crear, reír, jugar.

Freud hablaba de una castración simbólica, refiriéndose al momento en que el niño es apartado de su madre, sin embargo hay otras muchas castraciones, la de la facultad de imaginar, de evocar otros universos. Hay que luchar para que esa castración no sea completa, de adultos necesitamos también creer un poco en la magia, supone reconocer el misterio en el mundo y en nosotros mismos, implica mantener una perspectiva diferente, la capacidad de soñar despiertos, de viajar a Nunca Jamás, de ser niños.

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