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Cultura anoréxica, cultura obesa

Trastornos alimenticiosComer es una de las funciones básicas que debe realizar el cuerpo humano, podríamos decir que es algo “natural”; buscar alimento, ingerirlo, saciarnos aprovechar la energía que nos aporta y reanudar el ciclo. Sin embargo parece evidente que el ser humano hace mucho tiempo que dejó de ser estrictamente “natural” para convertirse en una amalgama única de naturaleza y cultura, la eterna discusión a la que ya me referí al respecto de la belleza.

En el caso de la comida la influencia del ambiente es rotunda. Por una cuestión meramente cultural una gamba nos parece deliciosa y un gusano repugnante, es un asunto que sentimos de forma muy visceral porque experimentamos asco, pero en realidad depende totalmente de las normas y prohibiciones sociales.

La comida implica rituales de socialización, de iniciación en la vida adulta, de aprendizaje… Impregna todas nuestras relaciones sociales de una forma u otra, y es definitiva en el establecimiento de los vínculos paterno-filiales, sin embargo, nunca en la antigüedad había estado tanto en el punto de mira como ahora.

Para empezar encontramos las desigualdades entre el mundo “desarrollado” y los países sin recursos, es habitual estar comiendo un buen plato de carne mientras observamos imágenes de niños desnutridos del tercer mundo sin pestañear, el hambre entra en nuestra casa por la televisión pero no hace ya mella en nuestras atiborradas conciencias.

Por otra parte dentro de las sociedades ricas las patologías relacionadas con la alimentación han experimentado un crecimiento tremendamente desproporcionado a partir del siglo XX, por un lado la obesidad alcanza cotas inimaginables, por el otro la anorexia y la bulimia presentan el reverso más duro de la abundancia. El que puede alimentarse decide no hacerlo, en algunos casos para llevar esta decisión a sus últimas consecuencias.

Por supuesto hay una disponibilidad total de comida rica en grasas y azúcares y malas pautas de alimentación, y por descontado existe un ideal físico tiránico, imposible de alcanzar y que roza en muchos casos la enfermedad. Sin embargo entre las variables que están provocando esta auténtica epidemia se suele obviar el componente psicológico de la función alimentaria: la relación directa que conecta la comida con cuestiones tan importantes como el manejo de la angustia y otras emociones, el mantenimiento de la autoestima, de las identificaciones, las expectativas de los demás o la construcción de vínculos saludables, por poner algunos ejemplos.

Mientras no se afronte la importancia psicológica de los hábitos alimentarios y nos limitemos a aplicar soluciones a corto plazo solo estaremos rozando con la punta de los dedos la base del problema que tiene sus raíces en ese dominio de la ansiedad y el narcisismo  que impregna nuestra sociedad.

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